Más allá de las multitudes de Tokio y Kioto, Japón guarda tesoros casi desconocidos para el turismo convencional. El pueblo de Shirakawa-go, declarado Patrimonio de la Humanidad, sorprende con sus casas de techo de paja cubiertas de nieve en invierno. La isla de Yakushima alberga cedros milenarios de más de 7.000 años en medio de bosques de cuento. La península de Noto en Ishikawa conserva aldeas de pescadores donde el tiempo parece haberse detenido. Tohoku, al norte de Honshu, ofrece festivales ancestrales, aguas termales remotas y costas salvajes prácticamente vírgenes. Descubrir estos rincones es adentrarse en la esencia más pura y auténtica de Japón, lejos de los circuitos turísticos masificados.
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